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- 29 sep
No pidáis perdón (de momento)
No hay que pedir perdón por ganar. No si se hace limpiamente y democráticamente y ampliamente y contra los elementos, como ha sido el caso en Catalunya. Es bastante nuestra, la autoflagelación, pero sería del género absurdo que con 72 de 135 escaños algún independentista se sintiera perdedor. Sólo podría pasar por un exceso de autoexigencia, por comprar los argumentos del españolismo o por confundir ganar de mucho y no de muchísimo con perder.
72 escaños, 4 por encima de los 68 que dan la mayoría absoluta, con casi un 78% de participación es un dato espectacular. Un resultado electoral que en cualquier rincón democrático del mundo y sin un incompetente político al frente del gobierno del Estado debería mover algo. ¿Que en España cuando pasan cosas de estas, sus principales partidos sólo se mueven para quitar hierro a la cosa? Pues es su problema (cada día más grave e irrecuperable). Pero no compremos desde Catalunya este proceder tan absurdo. Para no caer en ello basta echar un vistazo a la prensa internacional (de derechas y de izquierdas) y veremos claro que quien vaga por el espacio sideral, antes Catalunya no se haya independizado, es España. El grueso de sus políticos y de su prensa, más concretamente.
Digo todo esto sabiendo que el resultado electoral no fue el mejor de los posibles. Porque sabía que la Cup caía muy simpática por todas partes pero que, de tener papel decisivo, podría plantear ciertas dudas en el proceder, de aquellas que distraen del objetivo que por encima de muchas otras cosas une en la ilusión al bloque mayoritario y ganador del electorado. Así, la última fuerza política podrá tener pendiente a la primera durante unos días o semanas sobre si lo importante ahora es pensar en si Artur Mas es presidente o no. Y ello a pesar de que en Madrid esto sería celebrado con champán, a pesar de que como interlocutor en el mundo se ha demostrado una suerte, y a pesar de que ha hecho lo que pocos se esperaban desde el soberanismo y ha convertido la coalición hegemónica del autonomismo en un recuerdo del pasado. Ha sacrificado CiU para impulsar un proyecto político que trascienda y ahora aún le reprocharán la corrupción de algo que ya ni existe y los habrá que querrán ir más allá que ningún juez, que parece ser que ni ha pensado en él para estos temas.
Es como de gag del Polonia, pensar que tanta ilusión, tanto alcanzado y tanto trabajo (nada fácil) que aún queda por hacer se puede detener en pensar si la persona propuesta por la lista que casi triplica a la segunda será o no será presidente. Es como extraño pero pasa. Nos describe también. Como cuando compramos el relato de los demás y no sabemos valorar victorias políticas que cuestan mucho de alcanzar y que aquellos que las niegan miran a distancia sideral. El independentismo no tiene que pedir perdón por ganar, pero debe reflexionar y no debe pensar que por haberse impuesto el 27-S ya lo tiene todo logrado. Porque no es así. Porque estas elecciones no iban más que de superar una etapa más en una larga carrera de obstáculos. Aún se está a tiempo de tropezar, y mucho. Pero sería una pena y, sobre todo, sería absurdo.
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