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- 10 dic
La (de)construcción de un líder
Nelson Mandela fue un gran líder porque encarnaba aquello que una mayoría de su sociedad reclamaba: justicia y reconciliación. Se lo propuso, arriesgó, persistió y lo consiguió, no solo moviéndose él, sino movilizando a centenares de miles de personas de su país (y de todo el mundo). Eso es liderazgo. Pero, ¿cuál es su secreto? ¿Qué debe tener un líder político? Respuesta fácil: honestidad, competencia, integridad, energía, responsabilidad y valentía. Respuesta correcta: depende.
Un líder se construye (o todo lo contrario) en función de su contexto. En función del momento político, histórico y de la sociedad que le ha tocado vivir. En momentos extraordinarios y en sociedades en tesituras históricas, líderes extraordinarios e históricos como Mandela, Abraham Lincoln o Gandhi. En momentos como el actual, líderes como los de ahora, seguramente bastante contradictorios, superficiales y de combustión rápida, y por supuesto mucho más expuestos al escrutinio público y al desgaste de su imagen, lejos de como lo estaban los grandes liderazgos previos a la era hipermediática que vivimos desde hace unas pocas décadas, con la adicción al Gran Hermano, a la vida en directo, también aplicado a unos líderes políticos en al escaparate las 24 horas del día, en multimedia y en multiplataforma. Esto también ayuda bastante a configurar los liderazgos del presente.
Porque si bien es cierto que desde Eisenhower (y muy especialmente desde John Fitzgerald Kennedy ) la construcción de un liderazgo político ha tenido mucho de construcción mediática, también es cierto que el desgaste a que se someten los líderes democráticos es implacable desde que en 1980 Margaret Thatcher y Ronald Reagan dieron el pistoletazo de salida a la era de la campaña permanente.
Una mayoría de franceses no supieron que François Mitterrand había tenido una hija secreta fruto de una relación extramatrimonial que duró muchos años, hasta que al entierro del presidente asistió la chica, de nombre Mazarine, ya mayor de edad. Aquel liderazgo, en aquella época suya, en aquella sociedad donde internet no existía, había conseguido mantener un punto de misterio, de cobijo y de cuidado a propósito de aquello tan humano que nos puede describir a todos pero que expuesto a ojos de la opinión pública puede ayudar a la deconstrucción de un liderazgo, totalmente o parcialmente. En el 2012, a los pocos meses de tomar posesión, François Hollande vivió una de sus primeras crisis políticas en el Elíseo a partir de una frase en Twitter de su pareja, Valérie Trierweiler, en contra de la campaña de la ex del presidente, Ségolène Royal. Los trapos sucios del estadista, a la vista de todo el mundo, expuestos en las redes sociales y en los medios tradicionales. Eso y su gestión. Y cae en picado en los sondeos. Por una hiperexposición que también decepcionó en tiempo récord respecto de Nicolas Sarkozy y de José Luis Rodríguez Zapatero, liderazgos que igualmente prometían mucho al emerger y que duraron mucho menos de lo previsto.
Pero no solo el factor mediático diferencia las sociedades del presente con las precedentes. Y por tanto, no solo eso marca la diferencia entre liderazgos como el de Mandela y los actuales de Barack Obama, David Cameron, Dilma Roussef o Mariano Rajoy. Porque el pasado deja poso y se deja notar. Con las décadas, unas sociedades más formadas y con más acceso a la información (y también a la desinformación) han ido cayendo en el desengaño o en el escepticismo respecto de la política, sus posibilidades y sus protagonistas. Así nacen cada vez menos liderazgos carismáticos. Líderes los hay, claro, pero el carisma, que reside básicamente en la mirada del otro (del ciudadano votante) y que puede sumar mucho a un liderazgo, eso ya cuesta más. Se confía poco en la capacidad rompedora de los líderes. Y es así como en una política cada vez más profesionalizada, más conservadora, más temerosa ante la mirada de las grandes audiencias, los liderazgos del presente son muy diferentes. Hoy, de hecho, más que construir liderazgos como el de Mandela, entre todos los deconstruimos.(Para leer el artículo en EL PERIÓDICO, clicad aquí)




