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- 13 dic
Los que pringamos
¿A veces no tienen la sensación de pringar siempre, hagan lo que hagan? Es aquello de sentirte cornudo y apaleado. Pasa en ciertas situaciones de la vida cotidiana, y también en cuanto a posicionamiento político. En el día a día, por ejemplo, cuando (como ayer me pasó) llegas al metro y ves como un individuo con toda la tranquilidad del mundo pasa la valla de acceso al interior de la estación, colándose hacerte justo detrás de una señora que acaba de picar el billete. Lo ves, te indignas, estás para chillarle “tú, listo, ¡paga!” o algo así, pero no lo haces porque aún llegarás tarde al trabajo o no quieres montar un número. Entonces, vas a picar tu, la máquina te dice que el título ha caducado y giras cola a comprar una nueva T-MES, por la que, si no eres una persona mayor o un joven muy joven, te clavan un poco más de 52€. Y lo haces porque tienes que hacerlo, y te sientes doble pringao. Después, la sensación ya es triple cuando por desahogarte un poco en la red, twiteas en 140 caracteres esa sensación de impotencia, y una de las primeras respuestas es la de un hombre que te dice que esos que se cuelan están “perseguidos”, no como los de la cúpula de TMB. Yo, entonces, me pregunto cuando he defendido yo que nadie gane una millonada indigna, o que me claven por el transporte público o que alguien haga que la cosa vaya aún más si su ejemplo de no pagar lo siguiera una mayoría. Para volverse loco y poner en marcha a todos. Pero la inmensa mayoría, gente sensata, no lo hacemos. Suerte tienen de eso. Ellos y el resto.
Y algo parecido ocurre con el patio político. Ayer también teníamos un ejemplo. Mucha gente de orden se ha hecho independentista en los últimos años, harta de ver como desde Madrid (el poder español) se toma el pelo a unos ciudadanos/contribuyentes catalanes de que no se respeten reivindicaciones elementales y totalmente sensatas que repercuten en su día a día. Infraestructuras en condiciones o una financiación justa que no nos estrangule, por ejemplo, en una mínima correspondencia al desproporcionado esfuerzo fiscal que muchos hacemos. Y esto no sólo no ha recibido una respuesta justa, sino que además se ha estigmatizado como demanda de privilegios, se ha atacado desmesuradamente y ha ido acompañado de ofensivas contra la propia lengua, autogobierno e identidad catalanas. Esto políticamente ha provocado un movimiento político-social que ha originado que ahora algo digan desde Madrid que quieren mover. Algo básico que su ceguera e irresponsabilidad no ha querido resolver hace tiempo, cuando había que ponerse sin necesidad de forzar tanto la máquina como lo han hecho. Ahora dicen que se quieren poner (que ya veremos si hacen un cuarto de lo que quieren hacer ver que impulsarán), y marcan los independentistas de maximalistas y de gente poco abocada al diálogo. Es como para ponerse un sombrero de Napoleón hecho de papel y tocar la trompeta. Te hacen sentir estúpido.
Y el mismo sentimiento provocan quienes no valoran que la gente que tranquilamente se ha movido al independentismo y que igualmente lo defiende no esté para montar un número cada día del mundo. Porque se puede ser independentista, no estar de acuerdo con el proceder de un Estado español que persigue quien quema una foto de un monarca, y a la vez decir que esto uno no lo haría, y que además encuentra que éstas son gesticulaciones (que a pesar de todo deberían estar amparadas por la libertad de expresión) que sólo hacen que alimentar a los extremos de un lado y del otro, cuando no directamente caricaturizar la reivindicación compartida de fondo por los que deciden quemar y quienes libremente deciden que esta no es su opción. Entonces, los más “atrevidos” de la clase te miran con cara como de desprecio y te dicen flojo, recién llegado o directamente sospechoso de ‘botifler’. ¿Verdad que ven lo de la sensación de pringao que les decía antes? Y la suerte que tienen unos y otros, quienes generan este sentimiento, es que los demás estamos y configuramos una mayoría. La que, si persiste, saldrá adelante todo lo que se proponga y dejará los extremos en evidencia.
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