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- 09 abr
Ni hiperventilados ni hiperdeprimidos
El proceso no se deshincha por el simple hecho que no es el globo que el unionismo nos quiso vender desde el minuto uno, y de esto ya hace años, por el camino de cuatro. De hecho, el 24 de abril, el Sant Jordi estará lleno a rebosar de independentistas, mientras que el 12 de octubre pasado el unionismo hipersubvencionado por quien más dinero y poder político tiene no pudo llenar más que el centro de Plaça Catalunya, no todo el lugar. Estas son dos fotos que no retratan el conjunto de votantes catalanes, no, pero que dan pistas sobre la potencia de un mundo y el otro. Sobre la movilización de unos y otros a pesar de todo, que es mucho.
No es poco, ver cómo a los partidos soberanistas los cuesta Dios y ayuda ponerse de acuerdo y hacer diferente de como siempre. Esto pesa, y mucho, a años luz de la maquinaria económica, institucional y mediática que desde Madrid hace meses que pusieron en marcha a todo trapo contra aquello que hierve en Catalunya. Pero a pesar de eso, la reivindicación no muere, la nación persiste y hay muchos que la reivindican con todas las letras practicando desde la base aquello que la hace posible: la voluntad de ser. Esto no ha fallado ni un instante desde que empezó todo.
Yo, como nunca fui un hiperventilado, ahora tampoco soy un hiperdeprimido. Y de este género últimamente me encuentro mucho, ¿eh? En la red especialmente, pero no sólo. Todo lo ven negro, creen que ya hemos llegado tarde, que los partidos soberanistas lo han echado a perder… Y bien, el caso es que razones para el escepticismo no faltan. Pero, ¿y el pequeño goce que aporta ver que la hiperventilación cambia de bando? Porque no me dirán que no han observado el ataque de ansiedad repleto de cierta euforia absurda que ha poseído a unos cuántos (en la red, en los medios y en política) con ganas tremendas de matar el proceso soberanista ya? Se hacen encima la fiesta por la defunción del que caricaturizan como el “prussés”. Tienen prisa. Mucha prisa. Y lo quieren todo… y más. Hay que ponerlos de relieve, a ellos y sus expectativas, porque de hasta qué punto una mayoría de la sociedad catalana los quiera frustrar dependerá que el país se salga con la suya o que reciba las consecuencias de un fracaso político que lo será también colectivo. ¿No me digan que esto no espolea el optimismo y, sobre todo, la remontada?
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