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- 31 jul
Yo no lo lincharé
Yo no lo linxaré. Eso no lo haré porque no quiero. Y en cambio otra cosa tampoco la haré, en este caso porque no puedo: yo no caeré en la grotesca demostración de hipocresía de quienes ahora se lo quitan de encima cuando hace cuatro días hacían lo veneraban o de quienes ahora dicen que Jordi Pujol ha pasado de ser Muy Honorable a Muy Lamentable cuando en la vida no lo habían ni considerado ni tratado con un mínimo respeto. Yo cuando les diré que me ha decepcionado profundamente les diré verdad, no como una buena panda que ahora hacen como la típica doncella herida y desolada de los cuentos de caballería, cuando en su vida no habían mostrado ningún tipo de aprecio o de consideración sinceras hacia Pujol.
El impacto ha sido descomunal, sin duda, y su proceder del todo condenable e injustificable. Pero su mala actuación o su engaño respecto del mucho dinero que no declaró durante décadas no quita su hecho político. Y aquí, en la distancia entre el hacer y el ser, una de las grandes reflexiones que me provoca este caso de desdoblamiento entre la personalidad política y la humana. Un caso paradigmático entre quienes se muestran capaces de hacer a la vez lo mejor y lo peor. Entre lo divino y lo humano. Entre aquello tan elevado que lo describió como un workaholic que dedicó los mejores años de su vida (y unos cuántos más) a construir un país que mereciera la pena para los que forman parte de él, y aquello tan prosaico (y reprobable) de acumular dinero libre de impuestos en un paraíso fiscal. Pero que censuremos (como es debido) esta segunda parte no quita que la otra también existiera. No se explica hacer ahora una enmienda a la totalidad a la acción política de Jordi Pujol aprovechando su caída en desgracia. Pero unos cuántos lo intentan, y es obsceno. Y más aún: seguro que lo piensan pero el afeamiento de la figura de Pujol no los hará a ellos mejores.
Que el presidente Pujol deje de ser ahora oficialmente Muy Honorable no reviste de esta condición (en más de un caso ni un poquito) a muchos de quienes salivan con este momento. Que Pujol haya perdido no los hace a ellos ganadores. Y esto también es oficial. Por lo tanto, que no quieran hacer ahora como con el Cid, que después de muerto, allá atado al caballo, ganaba batallas por los demás. Que no haya, pues, quien ahora después de la muerte política de Pujol quiera ganar batallas que con él en activo no pudo ni aspirar a empatar, por pura mediocridad o porque simplemente Pujol era bastante mejor. ¿Y el resto? Tampoco ganaremos nada por la pura y simple inercia que pueda imprimir la onda expansiva de la explosión en mil pedazos del mito caído.
Sus adversarios políticos tendrían que preguntarse cómo es que con él de contrincante no levantaron nunca el vuelo y cómo es que ahora, pasadas las décadas y Pujol, en la mayor parte de los casos aún están peor que entonces. Quizás es que él no era el problema. Igualmente, sus compañeros de partido y de federación tendrían que reflexionar sobre la manía aquella de “matar al padre” que les persigue y dejarlo de poner como excusa de sus males (tampoco ahora) y como pretexto para no moverse como les hace falta si es que realmente quieren sobrevivirlo políticamente. Y el resto haríamos bien de no caer en cosas de aquellas tan nuestras como la autocompasión o la afición a hacer leña del árbol caído. Porque es en momentos como este cuando los pueblos demuestran lo que merecen, no con pequeñeces como el linchamiento al referente caído sino con la grandeza propia de quienes se saben emancipados de él sin odio, y de quienes se quieren libres del todo por méritos propios.
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