Los Penélope

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    Yo no, pero mis padres fueron siempre mucho de Joan Manuel Serrat. Ahora no lo sé porque hace tiempo que ya no vivo con ellos, pero recuerdo que en casa la música de Serrat sonaba mucho. Y no tengo nada en contra, pero así como algunas canciones suyas me animaban bastante, otras me deprimían profundamente. Una, triste de verdad,”Penélope”, describe una historia de soledat y locura. La de una mujer por quien no pasa el tiempo y el espacio es siempre el mismo. Ella esperaba a un hombre igual como por ejemplo los hay que esperan un gesto. Políticos y prohombres fuera de este mundo, de quienes se escucha la persistente cantinela del “gesto” de Madrid que tiene que llegar para calmarnos y provoca un punto de tristeza que me recuerda a cuando me hacían tragar “Penélope”.

    Seguro que ahora mismo les ha venido a la cabeza la imagen de más de un político (o la de uno en concreto) que se siente muy solo y incomprendido porque le han cambiado el tablero político donde había vivido confortablemente durante años. Y no se quieren resignar. Más aún, para ellos nada ha cambiado, el tiempo es como si no hubiera pasado y el espacio político donde se mueve nuestra sociedad encuentran que es siempre el mismo. Todo el mundo menos ellos ve que hemos cambiado de paradigma, que hemos ido pasando pantallas, que aquí todo se mueve y que por lo tanto sería absurdo pensar que esto no se da también con la política o con la relación entre naciones y entre sociedades.

    La Penélope de la canción de Serrat decía así: ” (…) cono su bolso de piel marrón y sus zapatos de tacón y su vestido de domingo (…) se sienta en un banco en el andén y espera que llegue el primer tren meneando el abanico”. Y allá que se marchita, en espera de un amado suyo que un buen día le dijo que lo esperara. Tristísimo, porque de hecho se ve que un día, pasados los años, él acaba volviendo pero la mujer no lo reconoce y lo larga. Igual pasará con aquellos que hace años y años quisieron creer en promepromesasidas de “gestos” que llegarían de Madrid. “Gestos de verdad”, se esperaban. Gestos como aquellos que no se habían dado nunca antes pero que solo de pensar ya reconfortaba a quienes lo habían apostado todo a creer en ello. Y persisten. A pesar de ZP, a pesar de la experiencia del Estatut del 2006, o a pesar de discursos como el de Mariano Rajoy esta misma semana en el Congreso al hablar de Catalunya.

    Sin bolsos de piel marrón ni vestidos de domingo, pero sí con escaño en muchos casos, los hay que estos días insisten que ya queda menos. Que ya se acerca. Que finalmente pasadas las elecciones europeas Rajoy “hará un gesto”. Que “se moverá”. Que “hará una oferta”. Que esta vez sí, incluso en Madrid podrían proponer tocar la Constitución para hacer que reconozca explícitamente la lengua catalana o algo en lo referente a la singularidad del país. Y es la enésima vez que pasadas las décadas, y sin ningún indicio mínimamente plausible que apunte a ello, nos dicen que llegará “el gesto”. ¿Sí? En todo caso, pinta que lo acabaría haciendo descaradamente demasiado tarde, tan extemporáneo, tan superado por el paso del tiempo, que de llegar, ya ni los Penélope no lo podrán reconocer y abrazar. Triste (por ellos).

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