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- 12 nov
La caverna confusa
“El universo sobre mí“, cantaba Amaral. Y el caso es que los hay que consideran precisamente eso: que el universo gira a su alrededor. En lógica consecuencia, cuando ellos tienen un problema implican al resto. Curiosamente, quienes más se ponen a ello son algunos que durante décadas estuvieron alertando y repitiendo que “¡no se puede confundir un partido con todo un país!”. Lo decían, está claro, por la CiU de Jordi Pujol. Pero ahora confunden las divisiones y el cataclismo que vive por ejemplo el PSC con una fractura del país que nadie que se mueva en metro o en bus detecta por la calle. ¿Que algunos querrían que esta fractura se diera? Evidente. Miren si no a Aznar, que lo dice con todas las letras. Pero en este caso, a la confusión de una parte con el todo suman la de deseos con realidades.
“¡Si no eres independentista te llaman mal catalán!”. Esta es otra proclama de los apóstoles del cataclismo. Vienen a decirnos que el soberanismo se ha destapado y que actúa como fuerza opresora del pensamiento que le es alternativo. Y yo, siempre que me sueltan esta consigna en estudios de radio o en platós de televisión (que últimamente pasa bastante y denota que el señor que les pasa los argumentarios es insistente), respondo lo mismo: “Si me muestras un solo corte de voz o fragmento de vídeo donde alguien haya dicho eso, te doy un premio”. Cero euros, que me gastaré, ya lo saben. Porque siguen confundiendo (interesadamente) deseos con realidades. Ellos querrían una sociedad fracturada violentamente entre independentistas y no independentistas, pero esta no existe. Entre otras cosas porque la principal bandera del soberanismo ahora pasa por una cosa tan poco radical y violenta como la reivindicación del derecho a votar. Y eso, en Catalunya, lejos de enfrentar obtiene un consenso que todas las encuestas y las últimas elecciones demuestran transversal y amplísimo.
Pero, así, confundiendo la fractura de los propios esquemas con la del país y buscando separatistas violentos donde no existen, los hay que como el escritor Javier Cercas te dicen que vamos al “cataclismo” y que también hay “caverna catalana”. Pregunta: ¿cataclismo por votar? Y anexo: ¿“caverna catalana”?… ¿Para decir que aquí hacemos lo mismo y afrontamos el debate en los mismos términos que lo hacen medios españoles, por ejemplo? Esto segundo, ciertamente, es muy típico de los últimos tiempos en boca de los profetas del apocalipsis: ganas de equiparar aquello que se dice y se hace desde Madrid con aquello que se dice y se hace desde Barcelona. ¿Solución (de ellos)? “Dejémoslo aquí porque esto ha llegado demasiado lejos y nadie quiere dialogar”. Y dicen que no quieren comparar. ¡Imaginen qué dirían si lo hicieran!
Pero pasa que aquí no hay una “caverna catalana”. Esto si no es que se aplica este concepto a unos medios que no callan un sentimiento creciente que hace un tiempo se ridiculizaba y muchos menospreciaban condescendientemente por freak y que ahora, ¡mira por donde!, se detecta como mayoritario. Y se informa de ello, ¡mira qué cosa! Y molesta. La misma que genera una mayoría de ciudadanos de Catalunya, amplísima, transversal y pacífica, que está por el derecho a decidir y que básicamente quiere romper con una cosa: la tradición de agachar la cabeza y asumir sin más una relación Catalunya-España que ya incluso partidos españoles dicen entender que no es sostenible. A estos Cercas los describe como “iluminados”, “idealistas sentimentales” y “mal informados”. Pobrecillos. ¿Sí? “Todo es muy confuso”, dirán los apocalípticos. Y seguirán deseando que el universo gire sobre ellos. Pero su confusión (aguda) no es la del resto.
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