Camps y el juego de tronos

  • Camps y el juego de tronos

    Y Paco Camps por fin habló claro: “Este sacrificio lo ofrezco en España”. Lo dijo ayer, para al instante identificar España con Mariano Rajoy: “No puedo ser (¡nunca!) ni el más mínimo obstáculo para que la voz clara y nítida de Rajoy y el PP llegue a los cuarenta y seis millones de españoles”. Ha costado pero al final, pasados los años, se lo han hecho entender.

    El presidente dimisionario de la Generalitat valenciana declamaba ayer con los ojos vidriosos, con gesto indisimulablemente crispado y con sonrisa histérica en los labios. Hace tiempo que la serenidad había desaparecido del rostro y de la comunicación no verbal del hasta ayer presidente Camps. Y es que, más que perder “un” juicio, hacía tiempo que Camps parecía haber perdido “el” juicio. El de la cordura, el de la razón. Era una bomba de relojería con patas, hacía tiempo que había estallado pero además amenazaba con no haberlo hecho del todo. Y al fin Rajoy dijo hasta aquí.

    El discurso de Camps de ayer, sin leer ni una coma, fue declamado con aquella sobreactuación tan propia de él, a la cual nos tenía acostumbrados desde hace unos años, tantos como los del estallido del show de los trajes y la trama Gürtel. No leyó, de hecho porque no podía. Porque su discurso de renuncia de ayer no lo hizo con la cabeza, sino con el estómago. Con aquella parte de su anatomía donde sentía hormiguitas cuando se creía el rey del mambo y departía como un adolescente con su amigo El Bigotes. Hablaba con la zona estomacal, desde donde gobernaba el País Valencià desde que se vio atacado y quiso erigirse en víctima de una conspiración judeo-masónica que ni los suyos no le compraban en sus mismos términos. Y por eso ha caído.

    Aquí la víctima no era él sino que había otro más importante que se sentía eso en potencia: Mariano Rajoy. Y él tiene clara una máxima famosa de un libro convertido en serie de éxito que les recomiendo mucho. La serie: Game of thrones (Juego de tronos). Y la frase: “En el juego de tronos, o ganas o mueres”. Máxima que valía para la edad media donde se ambienta la ficción, pero que vale igual para la realidad de ayer, de hoy y de siempre.

    El trono, el gran trono en la política española, sólo es uno. El del inquilino de la Moncloa. Para PP, para PSOE, e incluso para IU si me apuran, y si no pregúntenselo al pobre Cayo Lara y a sus desesperados y estériles esfuerzos de hace unas semanas para doblar a su sección extremeña. ¿Por qué? Por el trono de Madrid. Allá es donde quiere pintar algo el bueno de Cayo. Allá es donde quieren sentarse Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba. Y el resto, todo minucias.

    Además, Paco Camps hacía tiempo que, más que cantar minucias, destrozaba canciones tristes tipo tango pero con aquel tono histriónico y patético del bardo Asurancetúrix de la aldea de Astérix. Los tenía a todos hartos, empezando por el señor de la tribu. Pero éste, como los líderes de las diferentes casas de la serie que les recomiendo, sólo trabaja por un trono. Aquel que domina al resto. Todo tan fácil. Todo tan frágil. Y estaba cantado. Me incomoda decirlo, pero lo advertí: nunca unos trajes, en principio gratis, le salieron tan caros a nadie. Una presidencia, un nombre y el juicio. Buen lastre que ha soltado Mariano. Porque al PSOE ahora le queda ya uno menos de los pocos factores de erosión real que podía mirar de jugar contra el cada vez más previsible reinado (¿absoluto?) de Rajoy.

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