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- 30 dic
Forcadell y el nido del cuco
Ahora haré una cosa que seguramente no gustará (doblemente) a Mònica Terribas: un artículo a partir de una tertulia. El género la desagrada de entrada ya bastante y que alguien construya una pieza de opinión a partir de un debate televisivo o radiofónico sé también que no le hace ninguna gracia. Pero me veo empujado a ello. Y miraré (como es mi intención de origen) de llegar de la anécdota a una reflexión que la trascienda. Y todo a partir de una tertulia en el programa La Rambla de BTV que conduce en Dani Domenjó, donde el lunes un diputado del PP y una señora de Ciutadans increparon a Carme Forcadell, de la Asamblea Nacional Catalana, por ser militante de ERC.
El argumento estaba preparado antes de empezar el debate, como mínimo en cuanto al diputado del PP en el Parlament Sergio Santamaría. Sólo abrir boca Forcadell, él se volcó verbalmente sobre ella, como indignado, pidiéndole cómo podía describirse como representante de la sociedad civil si ella es militante de Esquerra. Y al momento le pidió confirmación: “Señora Forcadell, ¿es usted militante de ERC?”. Y allá ella dudó (demasiado para el contexto). “Sí”, “no”, “¿qué quiere decir ser militante?”, “si es pagar la cuota sí pero yo no represento ningún partido”… Y vi claro en la sonrisa de Santamaría que había conseguido montar el fregado que esperaba al abrir la conversación. Entonces decidí saltar y cerrar aquel debate-trampa: “¿Recuerda usted al señor Benigno Blanco, secretario de Estado con el PP, militante de este partido y después presidente del Foro Español de la Familia que organizó las manifestaciones multitudinarias anti ZP en los primeros años del socialista en la Moncloa? ¿No era él para ustedes sociedad civil?”. Y Santamaría, ya con gesto serio y bastante más calmado (cómo en shock por unos momentos) sólo acertó a decir “pero él defendía la familia, no la independencia”. Por lo tanto dejó claro que a él aquello que le molesta de Forcadell no es dónde ella milita, sino aquello que defiende. Y lo quiere embadurnar (por ejemplo de partidismo) aunque sea con el argumento más inconsistente, muy especialmente viniendo de un militante de un partido. Aquí fue acabando la discusión y la redirigimos hacia donde había propuesto en origen el presentador: el argumentario que el ministro García Margallo había enviado a los diplomáticos españoles contra el proceso soberanista en Catalunya. Pero considero especialmente grave que se hiciera debate a propósito de si un ciudadano puede militar o puede haberlo hecho algún día, si es el caso de una fuerza democrática y si eso se utiliza para venir a decir que entonces este individuo no representa a la sociedad civil. Manicomial. Me preocupó y después en la red, vía Twitter, un periodista reputado me empeoró este sentimiento.
Llibert Ferri, un lujo de corresponsal que lo fue durante años de Tv3 en Rusia, me dedicó la siguiente reflexión: “Cuando suba la tensión los próximos meses veo inviables este tipo de debates. Si ahora hay ruido, imagínate”. Y añadía: “Carme Forcadell no tendría que mezclarse con el griterío, así como Artur Mas no irá al Congreso”. Y seguramente tiene razón en las dos observaciones. Y, por supuesto, este extremo sería preocupante, sobre todo si nos resignamos a ello. Primero porque apunta a unos tiempos cercanos basados en el no-debate, es decir, al mirar de generar ruido y crispación a partir de la nada misma, haciendo del absurdo una tesis o generando una montaña a raíz de un hecho intrascendente para no acabar hablando de lo importante, para mirar de enfrentar, de afear el debate y de expulsar de él a actores clave que suman y que representan una sociedad (o partes de ella) que existe mucho más allá del microclima creado alrededor de políticos y periodistas, un microcosmos que a menudo me hace coincidir con el fondo de aquello que echa atrás a Terribas y otros a propósito del género opinativo en los medios del país (y más allá).
Que una Carme Forcadell no tenga la agilidad dialéctica, la práctica en la esgrima de las palabras o el argumentario de partido con que se entrenan muchos políticos y unos cuántos tertulianos antes de asistir a un debate no tendría que excluir su presencia en un contraste de pareceres público sobre aquello que está pasando y que importa a la audiencia. Aún diría más, que despierta la curiosidad, que preocupa y que puede ayudar a la parte de ciudadanía que es audiencia a conformarse una opinión o un criterio propio sobre el momento histórico que vive el país. Asumir que esto queda en manos de cuatro (y entrenados al estilo sofista y a menudo parecidos a los protagonistas de Alguien voló sobre el nido del cuco) seria una abdicación colectiva que no nos podemos permitir como sociedad, en absoluto al inicio de un nuevo año, siempre proclive al autoreceta de buenos propósitos, y menos todavía ahora que empezamos uno tan decisivo: el 2014. Ya estamos en él. ¿Asumiremos resignados que nos lo quieran estropear?




