La niña de Felipe

  • La niña de Felipe

    felipe

    Cuando en 1982 los socialistas accedieron al Gobierno, Alfonso Guerra, el gran brazo ejecutor de aquellos gobiernos de Felipe González (y unas cuantas décadas después, también ejecutor -en otro sentido- del Estatuto de Catalunya votado en referéndum), dijo que con ellos a España no la conocería ni la madre que la parió. Y tenía razón. Bueno, en bastantes cosas sí, pero no así con una cuestión de fondo. Un detallito importante para los catalanes. Porque resultaba que el nuevo régimen debía representar un respeto hasta entonces inédito hacia Catalunya y su sentimiento nacional. Y básicamente se optó por la política de “hacer como si” eso pasara. Y aquella España que no la conoce ni la madre que la parió (en muchas cosas menos en eso) es ciertamente en parte “la niña de Felipe González”. Carme Chacón ya se puede reivindicarse así como lo hizo mitinerament hace unos años para contraponer su proyecto a lo de “la niña de Rajoy”. Pero no. Ella no es “la niña de Felipe”. Es, en todo caso, un producto político más, un ejemplo más de cómo pasan las generaciones pero cierto poso sociológico que estigmatiza la reivindicación y la diferencia catalana como egoísmo e intransigencia persiste a pesar del paso de los años y a pesar de los esfuerzos democratizadores y de homologación plena que muchos (y muchos de ellos catalanes) durante décadas han intentado con el Estado español, con un éxito perfectamente descriptible.

    Esta España donde Catalunya nunca puede sentirse del todo plena más allá de captar plenamente despreciada es también hija de Felipe González y de un partido socialista que cuando se trata de plantarse ante Catalunya básicamente entiende del lenguaje de la amenaza o el de la estigmatización. Sólo Zapatero como presidente pareció que lo entendía, pero no. Ahora desgraciadamente no se lo podemos preguntar a Maragall, pero su desencanto con el engaño del entonces líder socialista fue evidente cuando el presidente depositó todas sus esperanzas federalistas. Ahora de aquello no queda más que una gran decepción. Una más. Una nueva decepción a la que sólo se contrapone insulto (sobre todo a la inteligencia) y desprecio, sin ninguna propuesta creíble o en positivo. Esto también es hijo de Felipe, como su carta de hace dos días en El País, lleno de prejuicio y de política antigua, que no pasada, porque hay una manera de hacer hacia Catalunya, caduca y retrógrada, que persiste, que permanece y que mientras Catalunya forme parte de España, se manifestará sin complejos. Y aún lo hará más en los próximos tiempos.

    Si de las elecciones del 27-S no sale una mayoría que haga frente a esta manera de proceder, también sin complejos y buscando fuerza, el catalanismo podrá tener todos los argumentos del mundo, que serán igualmente aplastados. En este sentido, y como cada día más gente es consciente de ello, entre otras ayudas inestimables gracias a artículos como el del expresidente español, paradójicamente (o no) lo que salga de los comicios de este septiembre también será hijo de Felipe. Porque también los hijos y los nietos de quienes le votaron a ciegas durante décadas en Catalunya saben que aquí no hay nazis reivindicando la independencia de su país.

    Me gustaría haber visto unas letras de Felipe como las suyas del otro día, cuando en Catalunya se manifestaban en la calle cientos de miles de personas pacíficamente y reivindicando el voto, y ese mismo día, un Onze de Setembre, cuatro fascistas reventaban un acto en la sede del gobierno de Catalunya en Madrid, con gases lacrimógenos incorporados, con el brazo en alto y diciendo “no nos engañan, Catalunya se España”. Estos para Felipe, para su niña, para su España, la que él ayudó a hacer como es ahora, parece que no son una amenaza. Unos que quieren votar sí. Da gusto formar parte de esto, ¿verdad?

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